martes, 24 de febrero de 2009

00:00



Seis y cincuenta y uno.
La luz inócua y de un rojo fosforescente marca y cincuenta y cinco antes de que consiga abrir sus ojos pegajosos.Pero en realidad, prefiere no abrirlos. Un escalofrio la invita a permanecer así para siempre, a congelar ese momento en el que ni siente ni padece, que está tan sumamente dormida que no le da tiempo a poner en marcha su cerebro. Pero de pensarlo, se le hace tarde. Como si por corrientes eléctricas se tratase, el vacío de su cama ya le duele, la ausencia,la soledad con la que se despierta va recobrando de nuevo ese sitio que cada noche parece perder.
Siete y doce.
No mueve ni un músculo. No quiere manifestarse, no quiere dar tiempo a que su cuerpo reacione contra ella, a que las lágrimas se le desborden, no desde tan temprano. No se estira, no quiere traspasar la frontera entre su lado de la cama y aquella tierra de nadie congelada.Trata de distraerse, desvía la mirada a la ventana.
Empañada,como cada mañana. Siete y dieciocho. Y se siente más aislada que nunca desde su trinchera. Y la sensación de que tras la tierra de nadie ya no hay combatiente que la mantenga alerta se hace más intensa y profunda.
Piensa en él. No puede evitar cubrirse la cabeza con el edredón. Quizá para no oirse llorar, quizá para pensar que sigue estando todo oscuro y que no ha amanecido. Siete treinta. Y el pitido de salida que despide el despertador la hace arrastrarse por fin hasta el baño, a arreglarse. Y se asea,se viste y se prepara como cada día. Se aventura con las manos vacías, sin fusil ni protección a la guerra abierta, a verle a él en brazos de otra, a aguantar el tiro y sobrevivir ante las miradas que dedican el resto de sus compañeros, a cargar con los susurros y cuchicheos. Y las miradas curiosas que él le dedica esperando ver dolor en sus ojos, huyen espantadas al ver lo que realmente esconde ella en esas pupilas negras.Pero aún así, trata de no muestra sus heridas de guerra ni sus debilidades.No quiere que sepan que, desde hace ya mucho tiempo, ella firmó su propio armisticio y pactó con la almohada su rendición.

Y aunque cada mañana le escuece esa herida, sabe que tendrá que coexistir (o intentarlo) hasta que cicatrice.


2 comentarios:

mandy dijo...

uy que mal
estoy llorando, de verdad
el anime que estoy viendo me deja super sensible
y para colmo yo escucho música de esa que te hace llorar

que bonito amor...
pobreta...
a veces el mundo puede ser muy cruel...

cuidate!!

Martukya dijo...

Increible...

El amor puede darte lo que más quiere, pero a veces se cobra un precio demasiado alto como para que sea aceptable.

Y a pesar de que sabemos que nos la jugamos cuando comenzamos, ese impulso masoquista que toda persona siente es lo que la impulsa a amar, sabiendo que luego tendrá que pagar de alguna manera esa felicidad.

Realmente me ha llegado, me siento identificada con la chica del relato.

Y es que a veces un hoyo en el suelo donde poder atrincherarse y esconderse, aislarse del mundo no vendría bien...

¡Gracias por hacerme soñar!