jueves, 17 de diciembre de 2009


Pobre ingenua. Pobre niña ingenua, repetía él mientras trataba de aferrarse en aquel cristal sucio para asomarse más a aquella ventana. Sus ojos en aquel constante chequeo destilaban envidia, quizá incluso pasión. El vaho de su respiración nublaba su visión una y otra vez, pero aun así vislumbraba el baile entre colores de aquella niña. Como guiada por una música inexistente, ella repetía el proceso, experimentando cada vez una sensación distinta. Destapaba un bote y mientras el olor a pintura danzaba por su nariz y se colaba hasta su cerebro, deslizaba un pie al interior hasta cubrir el tobillo. Verde. Rojo. Puede que azul y restos de amarillo en un mismo pie. Apoyaba sólo los dedos, el pie entero, los dos pies a la vez...
Aquel parqué ya no era el parqué de siempre, sino un montón de huellas y de botes abiertos de par en par. Aquel tutú blanco tampoco era ya blanco sino un arcoiris en un cielo nuboso de seda.
Derrotada de su larga danza, cayó al suelo derrengada. Por inercia su mirada fue a parar a aquellos ojos azules que miraban, fríos y curiosos, desde el exterior del estudio de danza. Como siempre. Como cada martes.
Él no retiró la vista, ella le siguió con la mirada. En un instante de confusión-quizá comprobando que la puerta seguía abierta como siempre, invitándole a entrar- apartó la vista un momento, pero él ya desaparecía, como siempre y cada martes, con el abrigo calado hasta las orejas calle abajo.
La música inexistente se apagó, derrotada y a la espera del próximo martes, con la vaga esperanza de teñir su malla de un azuldeojos, marcarse un baile con un alma declásico como la suya, y con la ínfima esperanza de que él marque sus huellas en su frágil y cristalino corazón.
Y es que quizá el próximo martes ...sea el martes.




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